Por Abog. Octavio Pineda Espinoza
En Honduras es fácil destruir honras, es fácil señalar al otro porque no existe en la realidad, un ente que establezca una justicia igualitaria. Vivimos en una sociedad de dobles estándares, donde la justicia depende del rol político que jugaste, si estás en una situación de decisión trascendental, con los poderes fácticos o, con los poderes oscuros que viven y se mantienen tras bambalinas. Hay por eso, personas, ciudadanos, jefes, empleados etc, que se especializan en el arte de quedar bien con el que decide, con el que toma la decisión, sin consideraciones a otras circunstancias, situaciones, capacidades, vivencias y experiencias, no digamos al cierto reconocimiento del mérito que no pasa por a quien le lames las botas o, de quien te conviertes en el vocero o defensor, sino por una sencilla situación fáctica: en realidad qué le aportaste a la sociedad que sea efectivo en la vida de las personas?. Algunos miden eso en los números fríos, otros son buenos para juzgar y atacar sin ver su propia realidad y karma, el cual, eventualmente regresa.
Si lo vemos desde la perspectiva bíblica, Jesús, un carpintero o cantero por cierto, expresó claramente: “ que lance la primera piedra, aquel que se sienta libre de pecado”, según el relato de la Escritura Sagrada que usted revise, en uno dice que trazó una línea mientras expresaba verbalmente los pecados de todos aquellos que levantaron la piedra y estaban dispuestos a matar, a nada menos que María de Magdala, la cuestionada primera discípula de Jesús, quien lo encontró en la tumba y llevó la buena nueva a los otros apóstoles hombres, escondidos por temor a ser capturados, con Pedro “la roca” habiéndolo negado 3 veces y Judas, quien se supone lo entregó por 30 monedas, todos escépticos de María, la que, por siglos de papás con intereses políticos fue vendida al público como una “prostituta” y no, como una de las discípulas, quizás la más importante del grupo de 12 que siguieron al hijo de Dios.
Mi padre decía que es fácil convertirse en el Juez de los demás, si olvidamos nuestras propias falencias y debilidades. Nuestra sociedad que vive del morbo, de la destrucción de los demás, quizás por la incapacidad de entender que la felicidad es una decisión antes que una selfie, y la infelicidad es una situación generalizada que es más fácil tapar destruyendo a los demás, enlodando y siendo ciertamente ácidos con los errores de los otros pero suaves y permisivos con los propios para los que siempre existe una explicación en un puesto de supuesta jerarquía que ubica temporalmente a las personas en situación ventajosa pero que, no asegura una distribución equitativa de la aplicación de las reglas para todo el mundo, porque se puede ser un pederasta si eres cura, se puede ser un acosador si eres autoridad, se puede ser un déspota mientras manejas el poder, se pueden obviar las reglas, los requisitos para un determinado cargo si el jefe así lo decide y mejor, si es tu pariente, adláter, amante, amiga, amigo, correligionario, compadre, etc. A los que no tienen como defenderse hay que aplicarle todo el peso de la ley, y si se defienden, hay que hundirlos más pero a mí, a los míos, a los que gritan mi nombre y aceptan mis fallas, a esos hay que protegerlos y somos los buenos!.
Esa realidad que se vive más en países del tercer mundo como Honduras, es una lacra que termina destruyendo la credibilidad de las instituciones y del mismo sistema judicial porque se castiga con perversidad al débil, pero se protege con silencio, nepotismo y abuso de poder al amigote, al familiar, a la “amiguita” o “amiguito” depende de la realidad de cada quien. Por eso cuando se pretende señalar, como decía mi padre, a otro, hay que darse una mirada muy profunda al espejo y establecer si te estás comportando como un Juez justo o, como un déspota más.
Los acuerdos polítiqueros que acomodan intereses no, a los parámetros de la ley, no a los altos valores de la justicia y la seguridad jurídica, se convierten en sí mismos, en destructores del sistema que terminan mordiendo a quienes lo utilizan para perjudicar a los demás pero son laxos para aplicarlos en casa. El ciudadano espera que quien ejerza el poder, la dirección, la cabeza, la nomenclatura de todas las instituciones, sean estas estatales, políticas, académicas, administrativas, profesionales, gerenciales y empresariales, sean mejores jueces que los demás, que sepan valoran los aportes, las vivencias, las situaciones reales que viven el resto de los mortales que no andan en la búsqueda de una dádiva o un privilegio inmerecido.
Nadie cuestiona que el marco aglutinante de la sociedad es la Ley, pero que, para que esta sea efectiva debe ser pareja, sin distinciones, sin motivaciones o prejuicios, sin mala fe. Si la Ley, la justicia y la equidad se convierten en moneda de cambio para intereses personales o de grupo, o se utiliza acomodaticiamente para lograr esto o aquello y en el camino, hay que sacrificar a los más débiles o a los que no buscan el privilegio, y se premia, a los que si lo hacen, ese doble estándar nos convierte en malos jueces y al final en malas cabezas de todo tipo de organizaciones porque no se juzga la trayectoria ni el aporte, se juzga sin consideración un error, pero cuando la cosa se da vuelta, se alega injusticia.
El país no puede vivir de venganzas, ni de críticas al que se fue o al que vino, tampoco lograremos mejorar con la ilusión de la tecnología, con la farsa de la rigurosidad mientras se le aplique a otro, y no, a mí mismo, para ser jueces hay que juzgarse primero uno mismo.
| Abogado y Notario. Catedrático Universitario. Político Liberal. |

