Alta costura, nostalgia y los hilos sueltos de 'El diablo viste a la moda 2'
Por: Gabriela Rapalo
Veinte años después de que el icónico suéter azul cerúleo cambiara la historia del cine pop, las glamorosas e implacables oficinas de la revista Runway volvieron a abrir sus puertas. Estrenada globalmente el pasado 30 de abril, El diablo viste a la moda 2 se ha consolidado inmediatamente como el fenómeno cinematográfico y cultural de la temporada, redefiniendo el papel de las secuelas de legado en la era digital.
Con un presupuesto de producción de $100 millones de dólares, la cinta de 20th Century Studios ha arrasado con la taquilla global, recaudando la impresionante cifra de $553 millones de dólares en apenas sus primeras semanas en cartelera. En portales de crítica especializada como Rotten Tomatoes, la audiencia le otorgó una sólida valoración del 87% de aprobación, demostrando que el público general extrañaba el sutil magnetismo de este universo, aunque la crítica profesional se mantiene un poco más reservada debido a ciertos tropiezos en el guion.
El trío dinámico.
La fuerza indiscutible de la película radica en la reunión de su trío protagónico. Meryl Streep vuelve a deslumbrar como la mítica Miranda Priestly; su sola presencia llena la pantalla con una elegancia gélida que nadie más puede replicar. Sin embargo, debido a que los diálogos se sienten cortos a la imaginación del escritor, algunas de sus escenas se perciben un tanto forzadas, limitando los matices psicológicos que hicieron grande al personaje en 2006.
Por su parte, Anne Hathaway quien está detrás del personaje de Andy Sachs y Emily Blunt como Emily Charlton, ahora una alta ejecutiva de la moda, demuestran una química madura y fantástica, aunque el desarrollo de la trama sufre de un mal moderno: la existencia de una inclusión forzada que se siente cada día más presente en la pantalla grande, metiendo subtramas con calzador que restan fluidez al arco principal.
La alta costura real y el impacto europeo.
Donde la película es verdaderamente impecable es en su vestuario y su peso en la industria de la moda. Esta secuela no solo retrata el entorno de la alta costura, sino que fue activamente respaldada por gigantes como Chanel, Prada y Versace. El diseño de vestuario es una cátedra de fundamentos estéticos: los trajes estructurados de Miranda reflejan su resistencia al declive del papel impreso, mientras que los estilismos vanguardistas de Emily gritan poder corporativo moderno.
El impacto de la cinta ha sido descomunal en los países europeos, donde la moda se vive con una relevancia identitaria y económica superior al resto del mundo. Ciudades como París, Milán y Londres han registrado un repunte en el debate sobre la transición del lujo tradicional al entorno digital, consolidando el filme como un espejo hiperrealista de la industria actual.
Cameos y excesos.
El largometraje cuenta con apariciones estelares de leyendas vivas como Donatella Versace y Marc Jacobsa, entre muchos más; aportando un realismo fascinante. No obstante, el cameo de Lady Gaga ha dividido radicalmente a los espectadores, siendo catalogado por muchos como innecesariamente largo. Su escena, donde aparece cantando, se siente como un capricho de producción que interrumpe abruptamente la narrativa. Al no formar parte de la trama en ningún otro momento, otorgarle diálogos y un espacio tan extendido terminó por romper el ritmo de la historia, desaprovechando el rol de peso que una artista de su calibre pudo haber tenido dentro del argumento central.
A pesar de sus costuras visibles en el libreto, El diablo viste a la moda 2 triunfa como un espectáculo visual imprescindible, recordándonos que, en el cine y en la pasarela, Miranda Priestly sigue dictando las reglas.
Tomando en cuenta la importancia de esta película para a cultura del cine, el peso que tiene n a industria de la moda y su aporte en las artes le doy un puntaje de 65/100.

