Que el Fútbol no nos haga bajar la guardia.



El Mundial es, sin duda, uno de esos momentos que logran detener al mundo. Durante unas semanas, todo parece girar alrededor de un balón. Las conversaciones cambian, las rutinas se acomodan a los partidos y las emociones colectivas se intensifican. En Honduras, como en tantos otros países, el fútbol despierta una pasión que atraviesa generaciones, clases sociales e ideologías. Nos une, nos emociona y, por un instante, nos hace olvidar muchas de las dificultades que vivimos como sociedad.

Y quizás ahí está precisamente el riesgo.

Porque mientras la atención de la mayoría está concentrada en lo que pasa en la cancha, la vida política del país sigue su curso. En el Congreso Nacional de Honduras se siguen discutiendo leyes, se toman decisiones importantes y se mueven intereses que afectan directamente el presente y el futuro de todos los hondureños. Nada de eso se detiene porque haya Mundial, y nosotros tampoco deberíamos detener nuestra vigilancia.

Disfrutar del fútbol no puede convertirse en una excusa para desconectarnos de lo que pasa en el país. Porque cuando una sociedad se distrae completamente, el poder encuentra espacios cómodos para actuar sin presión, sin cuestionamientos y muchas veces sin rendir cuentas.

Eso no es una teoría; la historia política lo ha demostrado una y otra vez. Los momentos de distracción colectiva suelen ser aprovechados por quienes entienden que un pueblo entretenido es un pueblo menos atento, y  un pueblo menos atento es más vulnerable.

No se trata de vivir en confrontación permanente ni de dejar de disfrutar lo que nos apasiona. El problema no es ver fútbol, celebrar goles o compartir la emoción de un Mundial. El problema es permitir que esa emoción nos haga olvidar que mientras estamos pendientes de un marcador, hay decisiones que pueden cambiar el rumbo del país. Decisiones económicas. Decisiones sociales. Decisiones legislativas. Muchas veces esas decisiones pasan desapercibidas porque el foco está en otro lado.

Como ciudadanos tenemos una responsabilidad que no se suspende por un evento deportivo. La democracia no vive únicamente el día de las elecciones. Vive todos los días, en la vigilancia, en la crítica, en la exigencia y en la capacidad de no quedarnos callados cuando algo está mal. Porque hay una verdad incómoda que debemos aceptar: el silencio también pesa. Guardar silencio frente a excesos, abusos o decisiones cuestionables no nos hace neutrales. Nos vuelve parte del problema. Porque quien calla cuando debe hablar, quien mira hacia otro lado cuando debe observar, termina siendo cómplice.

No hace falta aplaudir una mala decisión para ser responsable de ella. A veces basta con no cuestionarla. Y eso es algo que como sociedad no podemos seguir normalizando.

Honduras vive momentos complejos. Hay demasiados desafíos sobre la mesa como para permitirnos semanas de desconexión total. El país sigue enfrentando pobreza, desempleo, migración, inseguridad y una profunda desconfianza en sus instituciones. Todo eso sigue ahí, aunque haya Mundial.

El balón sigue rodando, sí. Pero la realidad también. Y cuando el torneo termine, cuando pase la emoción y volvamos a la rutina, las decisiones que se hayan tomado durante este tiempo seguirán teniendo impacto en nuestras vidas.

Por eso el llamado es simple: disfrutemos el fútbol, vivámoslo con pasión, celebremos y sintamos esa alegría que solo el deporte puede dar. Pero sin cerrar los ojos a lo que pasa alrededor. Porque ser ciudadanos responsables también significa entender que no podemos bajar la guardia.

Que el Mundial nos emocione, pero que no nos distraiga. Que nos una, pero que no nos adormezca. Porque al final, defender nuestra nación y vigilar al poder sigue siendo una tarea de todos, incluso cuando hay fútbol. Y quizás, sobre todo, cuando hay fútbol.


Abraham Banegas


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