“El cura que quiso ‘salvar’ a la Iglesia matando al Papa”


 Armado con una bayoneta de la Primera Guerra Mundial y convencido de que Juan Pablo II era un “agente comunista”, el sacerdote español Juan Fernández Krohn protagonizó uno de los episodios más insólitos y perturbadores de la historia reciente del Vaticano. 


El 12 de mayo de 1982, el santuario de Fátima estaba preparado para una noche de velas, plegarias y agradecimiento por la vida del papa Juan Pablo II. Un año antes, el pontífice polaco había sobrevivido a un atentado a balazos en la Plaza de San Pedro, y ahora viajaba a Portugal para dar gracias a la Virgen por aquel “milagro”. Lo que nadie imaginaba era que, entre la multitud, avanzaba un sacerdote con una misión delirante: matar al Papa para “salvar” a la Iglesia del comunismo. 


Ese hombre era Juan María Fernández Krohn, cura español, ordenado en ambientes ultraconservadores, que se había convencido de que el pontífice no era un héroe anticomunista, sino todo lo contrario: un infiltrado al servicio de la Unión Soviética. En su cabeza, Juan Pablo II había dejado de ser el pastor de la Iglesia para convertirse en un “modernista y comunista” que corrompía la fe desde dentro.


La escena parece sacada de una novela, pero ocurrió. Desde Francia, Fernández Krohn tomó un tren rumbo a Portugal con un arma escogida al detalle: una bayoneta de la Primera Guerra Mundial, comprada en un rastro de las afueras de París. Según contaría después, eligió un arma blanca porque le parecía “más simbólica, más ritual y religiosa”, como si se tratara de un sacrificio litúrgico y no de un intento de asesinato.

Una vez en Fátima, se mezcló entre los fieles y esperó el momento preciso. La procesión avanzaba, las cámaras enfocaban al Papa y el ambiente era de devoción total. Ahí, entre rezos y cantos, el sacerdote español trató de abrirse paso con una excusa sencilla y efectiva: quería acercarse al pontífice para besarle la mano. Cuando por fin estuvo lo bastante cerca, se lanzó hacia adelante con la bayoneta oculta, dispuesto a clavarla en el cuerpo del hombre al que millones de católicos veían como un santo en vida. 


Los escoltas reaccionaron en segundos. Fernández Krohn fue reducido con violencia antes de completar su ataque, mientras gritaba consignas contra el Papa y contra el Concilio Vaticano II, al que culpaba de haber traicionado la “verdadera” fe. juan Pablo II, en una imagen que todavía hoy parece increíble, continuó la procesión como si nada hubiera pasado, y durante años la versión oficial del Vaticano presentó el episodio como un simple altercado sin consecuencias.


Pero la historia tenía una vuelta de tuerca. En 2008, el cardenal Stanislaw Dziwisz, secretario personal del Papa durante casi cuatro décadas, reveló que aquella noche sí hubo sangre en la habitación del pontífice en Fátima. Según su testimonio, Juan Pablo II resultó herido, aunque el Vaticano nunca detalló la gravedad ni modificó su versión pública. El propio Fernández Krohn, por su parte, siguió negando que hubiera alcanzado al Papa, alimentando así un misterio que combina silencio oficial, fe, política y mucho secretismo.


El juicio en Portugal mostró hasta qué punto el cura estaba atrapado en su propia narrativa. Frente al tribunal, afirmó que Juan Pablo II trabajaba para la Unión Soviética, que era un agente comunista y que su misión era evitar la “destrucción” de la Iglesia. Fue condenado a seis años de prisión, de los que solo cumplió tres, y luego expulsado del país. Lejos de desaparecer, se reinventó en Bélgica como abogado, arrastrando detrás un historial de incidentes, acusaciones de violencia y nuevos episodios estrafalarios. 


Incluso dos décadas después del atentado frustrado, Fernández Krohn volvió a los titulares al intentar abalanzarse sobre el rey Alberto II de Bélgica durante una visita del rey Juan Carlos I. Su objetivo, según declaró, era encarar al monarca español, al que acusaba de la muerte de su hermano; su miopía lo llevó a lanzarse hacia la persona equivocada antes de ser otra vez reducido por la seguridad. 


Detrás del titular escandaloso –“el cura que quiso matar al Papa”– late una advertencia incómoda. La historia de Juan Fernández Krohn muestra cómo el fanatismo y las teorías conspirativas pueden convertir a un sacerdote en agresor, y transformar un santuario mariano en escenario de un intento de magnicidio. Y recuerda, de paso, que incluso los lugares y figuras más sagradas pueden convertirse en blanco cuando la religión se mezcla con la paranoia ideológica. 

Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente

Recent in Sports