Por: Abogada Kellin Castro
La discusión sobre el futuro de la Empresa Nacional de Energía Eléctrica (ENEE) vuelve a ocupar el centro de la agenda nacional. De nuevo se intenta reducir el tema a un falso dilema: estatizar o privatizar, “defender” la empresa estatal o “abrir” el mercado. Esa no es la verdadera discusión, y mucho menos desde una perspectiva jurídica y liberal democrática.
El verdadero debate debe centrarse en una pregunta mucho más
seria: ¿qué modelo garantiza de mejor manera el interés público, la
soberanía energética y la protección del patrimonio nacional, con tarifas
justas y reglas claras para todos?
La ENEE no es una empresa cualquiera. Es una institución
estratégica, directamente vinculada con el desarrollo económico, la
competitividad del país y el bienestar de los hogares hondureños. Tocar la ENEE
es tocar la capacidad del Estado para asegurar un servicio esencial y, al mismo
tiempo, un instrumento de política pública de largo plazo. Por eso, cualquier
reforma debe analizarse con responsabilidad, transparencia y estricto apego a
la Constitución.
Durante décadas, la empresa ha sufrido decisiones políticas
irresponsables, contratos lesivos, endeudamiento descontrolado, pérdidas
técnicas y no técnicas intolerables y una administración muchas veces capturada
por intereses ajenos al bien común. Negar esa realidad sería cerrar los ojos al
daño que se ha causado al pueblo hondureño.
Pero tampoco es jurídicamente serio ni honesto presentar
la fragmentación de la ENEE en sociedades mercantiles o su
reestructuración como si, por sí sola, fuera la solución mágica a todos los
problemas. Separar generación, transmisión y distribución puede tener lógica
técnica; el riesgo es que se use como antesala de privatizaciones
encubiertas de las áreas más rentables, mientras las pérdidas y las
deudas quedan socializadas.
Desde el derecho público, las reformas deben responder a
principios de legalidad, transparencia, rendición de cuentas y
protección del patrimonio del Estado. El país tiene derecho a saber, con
absoluta claridad, qué se está aprobando:
- Qué
se va a cambiar exactamente.
- Qué
activos se mantienen bajo dominio pleno del Estado.
- Qué
tipo de participación privada se permitirá, bajo qué límites y con qué
controles.
- Qué
mecanismos concretos existirán para evitar pactos oscuros y negociaciones
a espaldas de la ciudadanía.
La Constitución reconoce la función social del Estado y le
impone el deber de garantizar servicios esenciales. Eso significa que, en
materia energética, el objetivo central no puede ser solo “cuadrar balances”,
sino proteger al ciudadano: asegurar acceso, calidad, tarifas
razonables y seguridad energética para las futuras generaciones.
Por eso, la pregunta de fondo no es quién administra la
empresa, pública o privada, ni qué siglas se cuelgan la medalla.
Una empresa pública ineficiente daña al ciudadano. Pero una
reforma sin candados, sin controles y sin vigilancia social puede ser todavía
más peligrosa: abre la puerta a que represas, redes de transmisión y activos
construidos con dinero del pueblo terminen, de forma directa o indirecta, en
manos de unos pocos.
Por eso, Honduras necesita hoy un debate serio, técnico y
jurídico, no una cortina de humo entre “estatistas” y “privatizadores”.
Se necesita definir con precisión:
- Que no
se venderán ni se podrán vender, bajo ninguna figura creativa, las
represas, las principales líneas de transmisión y la infraestructura
estratégica del sistema.
- Que
cualquier participación privada deberá estar sometida a reglas claras,
licitaciones transparentes y supervisión efectiva.
- Que
los contratos existentes se revisarán y renegociarán cuando sean lesivos
al interés público.
- Que
habrá responsabilidades políticas y legales para quienes sigan usando el
sector eléctrico como botín.
La ENEE debe ser fortalecida, modernizada y saneada
financieramente, sí. Pero esa transformación solo será legítima si se
realiza con transparencia, con control social, respetando el marco
constitucional y asegurando que el patrimonio público continúe sirviendo a los
intereses del pueblo hondureño, no de una élite política o económica.
Porque la energía eléctrica no pertenece a un gobierno, a un
partido político ni a un grupo empresarial.
Pertenece a todas y todos los hondureños.
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