La generación que no quiere irse, pero tampoco encuentra cómo quedarse

“El mayor fracaso de un país no ocurre cuando un joven se gradúa y se marcha. Ocurre cuando ese joven quería quedarse, pero nunca encontró una razón para hacerlo.”


Hay una escena que se repite todos los días en Honduras y que, con el tiempo, hemos comenzado a ver como algo normal.

Un joven se levanta temprano, se pone la mejor camisa que tiene y vuelve a imprimir su currículum porque las copias anteriores ya las repartió. Sale de casa con la esperanza de que esta vez sea diferente. Al final de la tarde regresa con la misma carpeta bajo el brazo, el ánimo un poco más golpeado y una frase que ya conoce de memoria: “Lo vamos a llamar”.

La llamada, casi siempre, nunca llega.

Detrás de esa escena no necesariamente hay pereza, falta de preparación o conformismo. Muchas veces hay alguien que hizo todo lo que le dijeron que debía hacer: estudió, se sacrificó, terminó una carrera y confió en que la educación le abriría una puerta. Sin embargo, al graduarse descubre que obtener el título era solo una parte del camino; la siguiente dificultad es encontrar a alguien dispuesto a darle una primera oportunidad.

Ese joven podría ser cualquiera de nosotros: un amigo de la universidad, el hijo de un vecino o la persona que hoy atiende un negocio mientras guarda en un cajón un título que todavía no ha podido ejercer. Esa es la realidad de muchos jóvenes hondureños.

Cada año, las universidades entregan al país nuevos profesionales con deseos de trabajar, aportar y construir un futuro. El problema es que el mercado laboral no crece al mismo ritmo que el talento. Ahí nace una de las mayores frustraciones de nuestra generación.

Nadie estudia durante años pensando que, después de graduarse, seguirá dependiendo económicamente de sus padres. Nadie se desvela haciendo tareas y proyectos para escuchar, al buscar su primer empleo, que necesita una experiencia que todavía no ha tenido la oportunidad de adquirir. Y nadie invierte tiempo, esfuerzo y dinero en una carrera imaginando que el mayor obstáculo no será terminarla, sino conseguir que alguien confíe en su capacidad.

En Honduras se discute con frecuencia qué mecanismos podrían facilitar la contratación y dinamizar el empleo. El sector empresarial plantea la necesidad de contar con mejores condiciones para invertir y contratar; los trabajadores y sus representantes recuerdan que cualquier cambio debe proteger los derechos laborales. Ambas preocupaciones son válidas, pero en medio del debate hay una pregunta que no deberíamos perder de vista: ¿qué estamos haciendo para que la juventud encuentre oportunidades reales?

Mientras se analizan reformas, leyes y modelos, miles de jóvenes solo esperan un espacio para demostrar que pueden hacer bien las cosas. No piden que se les regale nada. Piden una puerta de entrada.

La empresa privada ha sido uno de los principales motores de generación de empleo en Honduras. Detrás de cada negocio que abre, de cada empresa que se mantiene y de cada persona que decide invertir hay familias que reciben un ingreso. Eso debe reconocerse. Pero también es evidente que las oportunidades disponibles todavía no alcanzan para la cantidad de jóvenes que se incorporan cada año al mercado laboral.

No es porque falte talento ni porque falten ganas. El país necesita crecer más, atraer inversión, fortalecer a las pequeñas y medianas empresas y crear condiciones para que nuevas ideas puedan convertirse en proyectos sostenibles y empleos formales.

Por eso, este tema no debería convertirse en una pelea para decidir quién tiene toda la culpa. La responsabilidad es compartida.

El Estado debe generar confianza, simplificar procesos y crear un entorno que incentive la inversión y la apertura de negocios. Las universidades necesitan fortalecer la formación práctica, actualizar sus programas y acercar a los estudiantes al mundo laboral antes de que se gradúen. La empresa privada debe continuar apostando por el talento joven y comprender que brindar una primera oportunidad no es un favor: es una inversión en el futuro del país.

Nosotros, los jóvenes, también tenemos una parte de responsabilidad. El título universitario es importante, pero hoy no basta por sí solo. Necesitamos seguir aprendiendo, desarrollar habilidades tecnológicas, mejorar el dominio de otros idiomas, capacitarnos, emprender cuando sea posible y participar en la construcción de propuestas que respondan a los problemas de nuestra generación. Exigir oportunidades es justo; prepararnos para aprovecharlas también lo es.

Hay algo que me preocupa especialmente: estamos normalizando que el principal sueño de muchos jóvenes hondureños sea irse del país. La frase “aquí no hay futuro” se escucha con demasiada frecuencia, casi como si fuera una conclusión inevitable.

Esto debería dolernos como nación. Cuando un joven se marcha buscando una oportunidad, no se va solamente una persona. También se aleja un proyecto de vida, una familia queda dividida y el país pierde ideas, energía y capacidad de innovación. Ese talento termina fortaleciendo otras economías, mientras Honduras continúa preguntándose por qué le cuesta avanzar.

Pero no creo que todo esté perdido.

He recorrido distintos lugares de Honduras impartiendo conferencias y conversando con estudiantes de colegios y universidades. He conocido jóvenes que trabajan durante el día y estudian por la noche para pagar su carrera. También he visto emprendedores que comenzaron con muy poco y que ahora generan empleo para otras personas. Esas historias no eliminan las dificultades, pero sí demuestran que nuestra juventud tiene talento, creatividad y una enorme voluntad de salir adelante.

El problema de Honduras no es su juventud. Lo que muchas veces ha faltado son oportunidades suficientes, acompañamiento y confianza para que esa juventud pueda demostrar de qué es capaz.

Este artículo no busca señalar culpables. Busca hacer un llamado a quienes toman decisiones, generan empleo, legislan y educan. También es un llamado para nosotros mismos.

No podemos permitir que la frustración nos convenza de que esforzarnos ya no vale la pena. Debemos continuar preparándonos, alzar la voz cuando sea necesario y participar con propuestas, trabajo y responsabilidad. Honduras necesita una juventud protagonista, no una juventud resignada.

El futuro de un país no se construye únicamente en las oficinas públicas, en las empresas o en las aulas universitarias. También comienza el día en que una persona joven recibe la oportunidad de demostrar lo que vale.

Un primer empleo puede cambiar la historia de alguien y la de su familia. Cuando esa oportunidad se repite miles de veces, también empieza a cambiar la historia de una nación.

No escribo estas líneas porque tenga todas las respuestas. Las escribo porque me niego a aceptar que mi generación deba conformarse con sobrevivir cuando tiene la capacidad de transformar Honduras.

Todavía podemos cambiar el rumbo. Podemos abrir más puertas que fronteras y convertir el talento joven en una de las mayores riquezas del país. Para lograrlo se necesita algo más que discursos: hacen falta decisiones, inversión, formación pertinente y oportunidades concretas.

El desarrollo no debería medirse solamente por las promesas que escuchamos, sino por la cantidad de jóvenes que encuentran razones para quedarse, trabajar y construir sus sueños en la tierra que los vio nacer.

Mientras exista un joven hondureño dispuesto a luchar por sus sueños, Honduras tendrá razones para creer en un mejor mañana. Nuestra tarea como país es procurar que esa esperanza no tenga que buscar su oportunidad lejos de casa.

Douglas Arias

Conferencista internacional | Director para Honduras de la Red Latinoamericana de Conferencistas


Publicar un comentario

Artículo Anterior Artículo Siguiente

Recent in Sports